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domingo, 2 de octubre de 2011

El Taller Naranja


De momento no estoy usando mis manos para escribir -una excusa tonta, ya que la vaga de ideas es la cabeza- pero si las uso para hacer otras cosas. En La hora naranja pueden ver algunas de ellas.

viernes, 22 de abril de 2011

La hora naranja (II)


La hora naranja, es así, justo como se ve ahora a través de mi ventana. Todo se tiñe apenas de ese tono que visita a la tarde cuando se está por ir. Los filos de las formas relucen un poco, se marean y desdibujan. La piel se suaviza, los rostros se ablandan, se serenan por un instante en el que observan atentos para robar de cualquier destello ganas de acción. La hora naranja es breve, tan fugaz que algunos no la perciben, pero quienes reparamos en ella –preludio a ese resto de día que juega con todos los sentidos, o con todas las notas- musicalizamos el andar.

viernes, 4 de marzo de 2011

La hora naranja


Me pregunto si nuestra ciudad creció, se desarrolló y expandió de espaldas al Río – el mismo que fue su germen- tan solo por un enojo un poco infantil, pero admisible, el de no poder ver guardar el sol en esa línea que forma el cielo con el agua. Algo que sin duda es magia.


Agrego la imagen. La foto de la caída del sol desde el muelle de Carmelo, la rareza se debe a que fue sacada con una cámara estenopeica hecha con una caja de fósforos. Claro que un día tengo que escribir sobre este tipo de fotografía que cada tanto me entretiene.

sábado, 3 de julio de 2010

Los sonidos de la mañana de un sábado naranja



Tengo una maldita costumbre: despertar temprano, hábito que me permite disfrutar del despertar de la mañana, sus colores, sabores y sonidos. Soy una de las primeras en levantar la persiana de las tantas que hay en este hueco amplio, por suerte. Me gusta percibir el cambio del color del día, la ventana está a mi derecha y el sol no se ve, pero va coloreando las paredes del edificio de enfrente, de a poco las formas son menos borrosas. Está lleno de pájaros, la fauna habitual: gorriones, alguna tacuarita – que festejo con sonrisas-, palomas –que las prefiero en silencio y lejos- y una yunta de torcacitas -que tienen loco al gato naranja-, dejo en silencio mi casa, para escucharlos ya que despuntan sobre el sonido del tránsito, al menos por un tiempo. Preparo el mate, tostadas, mermelada que hago con las frutas de estación, por no decir baratas, y me entretengo con ese silencio y quietud que dura un santiamén.

Tengo otra maldita costumbre odio salir temprano de casa, hábito que invalida la costumbre anterior en la práctica, y me cuesta horrores estar a las 9 a.m. en Bernal.

Tengo otra maldita costumbre: me acuesto tarde porque también disfruto mucho de los colores, los sabores y sonidos de la noche, y soy una de las últimas en bajar la persiana de las tantas que hay en este hueco amplio, por suerte.