sábado, 3 de septiembre de 2016

Berenjena

Hoy me siento como una berenjena. Acá, acomodada en este cajón de madera, rodeada por otras morochas semejantes. Hoy nos tocó salir a la vereda, por suerte estamos en la segunda hilera, si contamos desde el piso, un poco distantes del paso de los perros, más cercanas a la vista de las personas. La verdad no sé porque digo 'por suerte' si estamos más al alcance de las manos. Y..., ¡qué entrometidas son las manos! Te agarran, te dan vueltas, te acercan a la nariz, inspiran, te alejan, presionan levemente y ahí te dejan otra vez en el cajón, con el riesgo de alborotar el orden previo y que alguna de nosotras caiga al piso, ruede unos metros y termine (¿por castigo?) en un cajón recluído, de contenido más diverso y dudosa integridad.
Cierto que la suerte puede ser otra, en vez de volver al cajón, podés caer en una bolsa, algunas veces en compañía de otras de las tuyas, otras en soledad. Así te trasladan, como flotando por la vereda, durante un rato junto a otros vegetales. Siempre uso el tiempo de ese recorrido para conjeturar cómo será que termine mi día: si hervida en vinagre, sazonada a gusto y enfrascada; fileteada y al horno; rebozada y en la sartén; salteada en oliva junto a otras verduras y mezclada con fideos de arroz; si me toca enfrentar el poder de la minipimer y terminar hecha puré; o, si me tratan con todo el amor del mundo, y me convierto en la reina de una lasagna, sabrosa y cálida, preparada en una casa de la calle 53 en la ciudad de La Plata.

domingo, 21 de agosto de 2016

No puede silbar

 

  


-Duerme, hijo mío.
Yo no sé nada
con nuestra mano tendida
la culebra muerta no puede silbar.(1)


Soné con una culebra.
En el sueño tenía la chance de cortarla,
con una pala o un hacha,
pero prefería dejarla vivir.
Lograba sacarla de la casa,
y se escondía una vez más en las afueras.
Mientras pensaba -¿por qué matarla, si ahí ya no molesta?-

Al despertar, me di cuenta, que unos días atrás
ya había soñado con una culebra.
En ese momento de placentera confusión de realidad,
me preguntaba la razón por la que había dejado a la culebra con vida.
¿Tantas ganas tenía de continuar soñando con ella?
¿Qué diría Andrea(2) de lo que yo diría que representaba esa imagen,
para conservarla en mis sueños y no eliminarla de una vez?

No puedo saberlo,
pero será quizá...
que
la culebra
muerta
no puede
silbar.




Imágen: Disco de bronce, Cultura Santamariana Período Tardío (1200-1535 d. C.)
 
(1) Verso construído con frases recortadas de otros textos, los seleccioné al azar de la mesa donde estaban mezclados con muchos más.
(2) Mi psicóloga durante unos cuatro años.

 

domingo, 14 de agosto de 2016

Recorrido en sueños

Vení, contame de ese territorio miterioso que recorrés por las noches. Sé que es temprano aún, tengo que sentarme a escribir pero me duele tanto la cabeza que no puedo hacer otra cosa más que estar tirada en la cama a oscuras. Solo distingo el continuo bum, bum del fluir de mis venas. Suben inyectando señales de expansión a mi cabeza es una sensación de opresión que no cesa, aunque ahora se mezcle con tu sereno andar que delimita mi silueta en el colchón.
No te vayas todavía. Vení, contame de esos paisajes de planos en gamas de azules, que se superponen, mientras se hacen cada vez más intensos y del púpura profundo llegan al negro. Espacio donde el abundante verde silvestre del día se pierde, y apenas se distinguen relieves de las ramas salientes. Contame de la hora de oscuridad cuando el matorral es una masa uniforme y su diversidad se percibe a través del olfato, el oído y el tacto.
Contame de los ruidos del camino que te guían hasta los otros gatos monteses. Mostrame cómo perciben los olores, cómo los distinguen, enseñame. Contame del contacto del suelo con tus garras, de tu cuerpo con el de tus pares. Lo que sienten tus músculos cuando te aferrás a las grietas de un tronco, trepás a una rama elevada y cambiás de la sensación de humedad del suelo a sentir la brisa a esa altura. Llegás a otros sonidos y olores.
Entre la oscuridad de este cuarto mi cabeza aún late según ordena el bum, bum, pero de a poco empiezo a percibir esos aromas. Las venas ahora impulsan sonidos de tu hábitat. Tu recorrido se vuelve el analgésico que nunca tomo, logro dormirme (o eso creo), vos ya estás en tu territorio de sueños.
 

Kaametza y el jaguar

sábado, 2 de julio de 2016

Rito

En la punta de la palabra está la palabra. Quiero usar la palabra rito, y no sé dónde ni cuándo. Al lado del rito está la costumbre. Al lado de la costumbre una repetición de reglas y pautas. Me creo que no tengo ritos. Busco entre mis creencias y acciones algo, una pista, un indicio, una mueca que me involucre en un ritual y nada. Es por eso que hace tiempo decidí correr mi escala de escepticismo para permitir el ingreso de esa palabra en mi cotidiana vida. Me propuse seguir con atención los ciclos de la luna; encender velas aún en las noches que no se corta la luz; al amanecer tres saludos al sol mirando al este, aunque mi este de a una pared; matar cucharachas solo en las noches y con el pie derecho. No sé cuantas otras acciones ideo como factibles rituales cada mañana al levantarme, mientras pongo la pava en el fuego, yerba al mate, acaricio al gato, recibo sus ronrones, prendo la radio y voy al baño a hacer pis.

domingo, 26 de junio de 2016

El Roca

El 84 entra a Plaza Constitución desde Garay dobla en Lima Oeste y termina en la dársena más cercana a Brasil, solo tengo que cruzar esa calle para ingresar a la terminal de trenes. En mi camino a contramano atravieso cientas de personas que apenas se distinguen unas de otras, una masa de gente que enfrento mientras cruzo la calle, subo las escaleras de la estación e ingreso al andén. (Es una sensación de enfrentar un batallón que no deja ni un hueco para pasar). Este hecho nunca deja de sorprenderme. En mi juego por ver y encontrar algo atractivo, pasa que muy seguido despego el rostro de algún conocido, a veces llegamos a saludarnos, otras es solo un saludo mental porque lo impide el flujo continuo de los demás andares, también pasa que cada tanto me enamoro. Esta mañana la masa está más uniforme que nunca, no llego a distinguir ni una sonrisa, entiendo que es una mañana fría de otoño, que son las 9 de la mañana y la gente va a sus trabajos, pero igual. En el hall de la estación, en la fila para comprar boleto, hay dos que se miran, dialogan y sonríen, siento un pequeño alivio.
Los sonidos se vuelven un acompañiamiento, altavoces que anuncian los trenes, murmullos de voces que retumban entre tanto espacio. Escucho al pasar por un puesto de diario 'son bravas las mujeres', no me detengo, aprovecho este lapso de andén vacio para ingresar sin ser arrasada por los del bando contrario mientras escucho: ´Chipá´..., ´Café, cortado café´ Espero el tren en el andén casi vacío. El frio no se siente tanto. Los abrigos son marrones, negros, azul oscuro. Todo parece aburrido esta mañana. Una mujer va de tonos naranjas. En el interior del vagón, las voces de los vendedores ambulantes se mezclan con el ruido de la calefacción, por momentos este último les ganas, quizá por ser constante. La chicharra que anuncia la partida suena a la hora acordada. Las puertas, que ahora se cierran automáticas y en silencio, nos aislan. Nos deslizamos, parece que flotáramos sobre los rieles, cada tanto se percibe ese delicioso ´track..., track...´, sonido único y mágico del tren en marcha.
La mayoría de los pasajeros duerme, otros miran sus celulares, menos por la ventana. Una mujer está leyendo un libro impreso, otra come un yogurt. En la estación Darío y Maxi suben un par de alumnas (por suerte solo un par, a veces suben en un grupo más numeroso y tengo que escuchar sus voces 20 minutos antes de lo planeado.)
Yo miró por la ventana. El paisaje se aleja, es el trayecto más atractivo: parques, vías, galpones y fábricas abandonadas. La estación Sarandí no tiene para mi ningún atractivo, trato pero no hay caso. Los guardas piden los boletos, encuentro el mío en el primer bolsillo que reviso, me lamento que perdí una cuota de suerte diaria de ese modo tan tonto.
Álamos, eucaliptus, ´track..., track...´, ´tres x 10 alfajores triples de dulce de leche y chocolate´pañuelos descartables´ , y la voz más aguda de todas ´chipá, chipá´. En la estación Don Bosco asoma levemente el sol, los fantasmas de luces ingresan aleatorios por las ventanillas, recorren el tren, los rostros se iluminan parcialmente y empiezan a despertar, los hacen protagonistas de su proyección. Último silbato, Bernal. Me bajo.


Es continuación de:  El 84

martes, 21 de junio de 2016

Solsticio

Enterré una semilla de calabaza en una de las macetas del balcón, como hecho simbólico, ya que las de albahaca y morrón que tengo cosechadas tienen que esperar hasta el comienzo de la primavera. También guardé en la tierra una lista de ideas a realizar y envolví en ellas otras ofrendas secretas.
De aquí en adelante los días se alargan, la tierra se prepara para soltar nuestros brotes. Sin darnos cuenta estamos envueltos en un nuevo ciclo, la espiral no se detiene se ensancha. Es tiempo de cielos azules, intensos y espera. Guantes, bufandas, y un vaso de vino.

domingo, 12 de junio de 2016

Si voy muy rápido no encuentro la calle

Si voy no encuentro.
                   ¡Rápido!
                                   No
                                          en cuen tro.
                                 
                                   No voy.
 Sí voy.
           Sí,
                rápido
                muy rápido,
                                   no muy rápido
                                                           encuentro la calle.

                   Rápido encuentro,
                         
                                                 voy.

sábado, 11 de junio de 2016

El 84

      26 de mayo de 2016. 8:40, Republica Bolivariana de Venezuela al 3600, Almagro Boedizado, CABA. Día nublado y frio.

Cerré la puerta de entrada del edificio, alcancé la calle y vi que un 84 estaba ya casi por doblar en Colombres. Caso perdido -pensé-, no tiene sentido correr. La pendiente hacia arriba de Venezuela me permitió ver entre los plátanos que una cuadra más allá venía el compañero, me quedé tranquila. (Hace poco hago este recorrido, hace poco este es mi barrio. El 84 es un bondi que no pasa muy seguido, pero es cuestión de conocerle el horario o tenerle paciencia, hay peores.). Cuando doblé en Colombres para llegar a la parada que está a unos 20 metros de la esquina, el colectivo aún estaba a mi alcance. Saludé con un buen día al chofer, saqué boleto y conseguí un asiento de los del primer tercio. Mirando al frente, del lado del pasillo, pero de esos que quedan por debajo de la ventana. Cuaderno y lápiz en mano para registrar el viaje, la mirada al exterior quedó un poco acotada.
A mi lado había una chica con una campera rosa, naranja y turquesa. Las dos mujeres más grandes sentadas en los asientos enfrentados al mío mostraban cara de frio y abrigos marrones, cada tanto una de ellas acercaba un pañuelo descartable a su naríz y la hacía sonar. En Sanchez de Loria subió una pareja joven con olor a noche y tabaco. Ella con pollera muy corta y remera sin mangas, se sentó en el asiento delante al mío él la abrazó.
El recorrido por calle Belgrano no tiene gran atractivo. Una mezcla de casas viejas que perdieron su elegancia, y sus aberturas de roble, al ser convertidas en locales de diferentes rubros. Muchas personas con cara de gripe esperando en las paradas de los colectivos. Al cruzar la calle Catamarca me sorprendió ver desde el primer piso de un local Canon una cama caer desde una ventana. Después de cruzar Jujuy solo se ven mueblerías. El café Imperio se luce un poco, entre tanta mesa laqueda de estilo nórdico y futones económicos.
Al doblar en Combate de los Pozos, el andar fue más rápido, ya no quedaban personas de pie. Descrubrí en la parte superior al parabrisas una notación electrónica en rojo: 16,5 - 18,8 °C, los números bajaban al abrirse la puerta: el tremómetro andaba. La funcionalidad le ganó la pulseada al decorado. Ahora hay carteles de leds que transmiten noticias, pero ya no se ven vidrios tallados con mensajes de amor, ni flecos dorados que saltan en los pozos. Los pozos si son perennes.
Cuando estamos detenidos por un semáforo el choffer se acomoda mediante una torción de su torso: hacia la derecha primero, hacia la izquierda el segundo movimiento. Unas cuadras más adelante, también detenidos, le escucho decir “...una persona puedo matar, animales me cuesta un montón...”. Los 84 compañeros estaban a la par y evidentemente los choferes retomaron una conversación previa. Por lo que llegué a entender luego de tres detenciones, al chofer de mi 84 le habían regalado un conejo de orejas largas para que lo haga en estofado, pero el cariño pudo más y finalmente lo había adoptado como a un perro. Al doblar en Garay el cielo se abrió, los edificios son menos, muchos menos.
Después de 30 minutos estoy en Plaza Constitución, aún me espera otro viaje, de diferente frecuencia y mucho más sensitivo: El Roca.

jueves, 2 de junio de 2016

Transportación



...y un perfume de yuyos y de alfalfa
que me llena de nuevo el corazón.

Me gusta el olor de los cítricos. Clavar la uña en su cáscara para arrancar un pedazo y sentir las miles de gotas que se expanden en el aire. El rostro responde cerrando los ojos, frunciéndose y marcando todas las arrugas posibles. Mi preferido es el de las naranjas rasgadas al sol las tardes de otoño.
 Me gusta el olor de mi gato cuando estuvo al sol. El olor a tierra mojada y pasto recién cortado. El olor de los fondos de las casas con albahaca, menta, peperina y cedrón. El olor de los eucaliptus y los tilos.
El olor del choripán en la plaza y los asados improvisados en las veredas. El olor a salsa que nunca me convidó mi exvecina, el de la sopa de tomate de mi abuela, los locales Bonafide y la comida de hospital.
Me gusta el olor de la ciudad en la madrugada y el de la ruta al atardecer.
Me gusta el olor del cuerpo cuando se moja en la ducha, el de la piel sin perfume alguno, el olor de los tipos que me gustan, los besos con olor a tabaco y las manos con olor a tinta y tierra.
El olor a mar siempre.

martes, 23 de febrero de 2016

Susto

Al gato lo salvaron:
                             su cola de gato montés, resistente y larga;
                                                                el campo gravitacional de la luna;
                            los fantasmas que habitan este árbol que nos custodia.


Ahora estamos tranquilos.
Volvimos al acecho de insectos fluorescentes,
que al instante se desvanecen en el aire.

Tatuada por sus garras, sado amor felino.

martes, 21 de julio de 2015

Efímero

                                                   El instante es aquel momento de tiempo en que el neumático del auto corriendo a toda velocidad toca el suelo, después no toca y después vuelve a tocar*


¡Qué buen invento el avión!
Pero es evidente que soy de disfrutar el proceso,
                                                                         los detalles,
transitar por tierra lo hace todo más atractivo,
                                                                     más vívido, más corporal…
                                                                     aunque se demore mucho más o nunca se pueda llegar a                                                                                                                                               destino.

No se recorre un cuerpo en una noche.
Tampoco se conoce un cuerpo en cuatro décadas.
El dolor, a veces, es constante.
Late, bombea puntadas inconexas y me pone un poco triste.

Cuando el camino es subir,
                                         encuentro una dificultad física.
La mente ordena al músculo hacer fuerza, el oxígeno recorre el cuerpo activando metabolismos celulares.
 La escena es pausada, fastidiosa, pensada.
Mientras que el bajar
                                  representa una dificultad emocional.
La mente se ocupa de ordenar al cuerpo que se retraiga para evitar una velocidad riesgosa.
La escena es fugaz, frágil, versátil.

Soñé que desde tus lunares estallabas en mil fragmentos.
                        Ínfimos.
                                    Se desparramaban por la atmósfera
                                     como láminas de papel de un azul brillante,
                                     similar a los brillos azules de mi otra bicicleta,
                                     la que se llevaron de su anclaje en un árbol hace unos años.

'Efímero’ alguien dice en una mesa,
Carole descubre una nueva palabra en castellano.
Pregunta su significado,
                                    piensa un instante y se va sonriente mientras repite
                                                         
                                                                      ‘e
                                                                                 FÍ
                                                                                                    me ro'.

                                                                                                   



* La hora de la estrella, Clarice Lispector

lunes, 4 de mayo de 2015

Encuentro de arte y tecnología en la Belle Èpoque


Die Tänzerin Loie Fuller, Koloman Moser, 1910



Detenerme y perder el tiempo en aquello que no conduce a nada, parece ser mi especialidad. Así es como a veces aparecen personajes hasta entonces ocultos para mí, pero quizá conocidos por otros. Resulta que entre lecturas de Roetgen, Marie Curie, rayos X y radioactividad, un párrafo comienza así:

            No tanto como con los rayos X, pero la gente también se enloqueció con la 
            radioactividad. Una bailarina célebre pidió a Marie Curie que empapara con radio 
           sus ropas vaporosas  para hacerlas brillar e impresionar a su público (…)

Palabras suficientes para dejar todo y googlear. Con tres palabras y un par de enlaces di con Löie Fuller. Por lo que pude leer se considera a Löie Fuller como una de las precursoras de la danza moderna, quien se destacó por utilizar novedosas técnicas de iluminación para su puesta en escena. Nacida en Chicago desde pequeña se dedicó a la danza, pero desarrolló su estilo personal en la Ciudad de la Luz, la misma a la que había llegado Marie Curie desde una región más cercana, Varsovia. Ambas coincidieron temporal y espacialmente, en esos años limítrofes de siglos, en los que ciencia y tecnología ya eran respiradas dulcemente en diferentes ámbitos culturales.   
El texto continua explicando que los Curie se negaron a darle el radio ya que no tenían mucho para desperdiciar, pero que se hicieron amigos de la bailarina. Aunque sin radio –por suerte para la salud de ella y los espectadores- Löie Fuller desarrolló una mágica puesta en escena, ella diseñaba todo: sus coreografías, sus vestuarios con vestidos de sedas muy volátiles y los juegos de luces que proyectaba sobre las telas en movimiento. Llegó a patentar algunas de estas técnicas y a utilizar sales químicas para que iluminen su vestuario. 



              Foto del estadounidense I.W Taber de Loïe Fuller bailando 
(Isaiah West Taber - © Musée d'Orsay, Dist. RMN-Grand Palais / Patrice Schmidt)
Los hermanos Lumière filmaron la representación de la Danza de la Serpentina, ella no es quien baila, ya que nunca se filmó porque consideraba que el cine no hacía justica a sus movimientos.










El texto citado es del fascículo 27 "los rayos X y la radioactividad" de Historia de las ideas científicas de Leonardo Moledo

viernes, 17 de abril de 2015

Los borrachos también caen al piso en la ciudad más austral del mundo





José realiza inmutable una trayectoria de 90° desde su posición vertical de un metro setenta hasta la horizontal sobre el piso. Golpea con toda la furia sobre la vereda de cemento y canto rodado y parece que la queda, junto con su gorra visera, que cayó desfasada un instante. Un hilo de sangre se hace camino desde su sien derecha. Todo eso en el tiempo de un parpadeo. Varios lo vemos caer. El monumento, así llamábamos al negro parisino más bueno que comer con la mano que también estaba en el hostel, lo levanta, intento ayudar pero es casi innecesario. Llaman a la ambulancia. Los amigos de José parecen acostumbrados al hecho, él no reacciona. En minutos llega la ambulancia, un paramédico joven lo sienta en una silla de ruedas y se lo lleva, uno de sus amigos lo acompaña… “no es nada, se cayó nomás”, o algo así dice. Antes rescato mi gorro de lana, que en el barullo, no sé cómo, quedó junto a la gorra de José.
Doy aviso a mis amigas en el interior del bar, al que van todos los turistas y todos los de la ciudad, que ya me regreso. El cartel luminoso de la esquina de la principal dice que en la ciudad hace 7°C, pero no percibo ni un poco de frio, quizá ya había tomado mucho. Decido que el mejor camino de regreso es el que va por la costa. Disfruto. Me envuelvo y abstraigo con la imagen maqueta del puerto. Las luces se reflejan coloridas en la bahía. La grúas trabajan acomodando contenedores en un carguero, como si fueran piezas de Lego… Me regresan un grupo de lugareños que exudan de sus autos música a mucho volumen. Me indigno y decido regresar al hostel. Me sirvo el resto de vino en una taza, me siento a escribir en el piso, en el pasillo exterior que une las habitaciones con la cocina. No se puede desperdiciar una noche de 7°C a principio de marzo. Van regresando los otros que estaban en el bar. Pienso que Buenos Aires aún es la ciudad donde ser.

sábado, 27 de diciembre de 2014

Lugares



El lugar más increíble y poderoso de este mundo* está en la provincia de Misiones, es esa caída de agua violenta que parece reunir la energía del continente sudamericano, volcarla al Iguazú para perderse en tierras rojas, selva y más tarde el mar.

Mi lugar preferido de este mundo está en la provincia de Chubut, es playa Paraná. Refugio del azul más intenso en un mar frío, y traslúcido pero de oculta profundidad.

El lugar donde vivo no tiene provincia, es una ciudad cada vez más atestada de edificios y autos, que niega el rio y quema en verano. Pero a la que aún le quedan calles con algunos árboles por recorrer en bicicleta y gente con quienes encontrarse.

El lugar donde escribo esto es una playa de la provincia de Buenos Aires, una tarde cualquiera de diciembre, cuando el viento, como es costumbre en nuestro Atlántico, puede con casi todo, menos con la fuerza mar.




*Este mundo involucra a los lugares que conozco, cierto que no son muchos, si quieren preguntan y listo.

miércoles, 24 de diciembre de 2014

La hora de los pájaros




Sentirse un poco Alicia. Sentada en el bosque me sorprende un sonido escurridizo, entre los tonos pardos de los troncos y la hojarasca del suelo descubro una liebre. Me mira atenta un segundo, y se aleja unos saltos. Se detiene y torna a mirarme otra vez. Salgo en su búsqueda aunque conozco el final… es un momento que siento que alucino. Ella se esconde en un hueco entre pastos y ramas caídas, y se pierde.
La única puerta que encuentro está cerrada. Es la tranquera blanca de dos hojas que conecta la playa con el camping. Me avisaron que cerraba a las 20 hs., pero me olvidé. Tampoco miré el reloj, a pesar de la liebre. Pude pasar por debajo. En la heladera hay una cerveza fresca, la destapo y me siento a escribir.