Mientras despellejaban el conejo, Fred le dijo a Timothy:
- ¿Sabes de dónde proviene el nombre de «afortunados»? Seguro que es una palabra fea; ¿por qué la utilizan?
- Un afortunado es una persona que sobrevivió a la guerra de hidrógeno - explicó Timothy - Ya sabes, por un azar de la fortuna. O una fortuna del azar. ¿Entiendes? Porque casi todo el mundo resultó muerto; creo que fueron miles de personas. - ¿Pero qué es una «fortuna», entonces? Cuando dices «una fortuna del azar...»
- Una fortuna es cuando el azar ha decidido que tú sigas viviendo - dijo Timothy, y aquello era todo lo que tenía que decir sobre el tema. Era todo lo que sabía.
Fred dijo pensativamente:
- Pero tú y yo no somos afortunados porque no estábamos vivos cuando se inició la guerra. Nacimos después.
- Exacto - dijo Timothy.
- Así que si alguien me llama afortunado - dijo Fred - va a recibir un puñetazo en plenas narices.
- Y «auxiliador» - dijo Timothy - viene también de antes. De cuando los aviones a reacción arrojaban víveres desde el aire a la gente que vivía en zonas de desastre. Eran llamadas «zonas de auxilio», porque en ellas había que ayudar a la gente.
- Conozco eso - dijo Fred -. No te lo había preguntado.
- Bueno, pero te lo he dicho de todos modos - dijo Timothy.
Los dos muchachos siguieron despellejando el conejo.
Me gustan mucho los cuentos de niños que se comportan como adultos, otro ejemplo maravilloso: “Un lento aprendizaje” de Thomas Pynchon, tuve la intención de escanearlo en alguna oportunidad pero es muy largo.
Hablando de fortuna y azar, me paso sin ningún reparo al terreno del juego, para hacer un pedido, no precisamente de un juego de azar, sino de uno que requiere cierta destreza y puntería. Necesito un tablero de tiro al blanco para dar una clase de medidas, precisión y exactitud. Sé que podría hacerlo, pero no tengo tiempo de armar uno. Estoy en una etapa de delegar cosas, o al menos no intento fabricar todo lo que necesito. Se escuchan ofertas.