Alguna noche o madrugada del año pasado -las fracciones en que dividimos y apodamos al día no están ajenas a nuestra subjetividad-, en septiembre acaso, Dolina concluyó el bloque de historia con una canción interpretada por Suma Paz; ahora no recuerdo ni de que iba la fábula que había ocupado la media hora anterior, ni cuál fue la canción entonada, y es seguro que ambas apenas se hayan rozado en algún punto infinitesimal, un costumbrismo que acompaña esa hora del desmayo de mi día y que me divierte mucho más que el encaje perfecto, o el solapamiento completo. Recuerdo sí, que un gran placer me fue envolviendo y arrullando al percibir esa voz… una sensación de suma paz.
Así fue como la maquinaria se activó y a los pocos días, alguno de sus discos estaba paseando conmigo, en formato mp3, valga la aclaración. Una vez más, “algo” que había oído por años de un modo ajeno a través de radios u otros, se convertía en “algo” escuchado por mí, ahora, como casi siempre, gracias a radios u otros. Hoy leí la noticia de su fallecimiento y me puse a escuchar esa voz tan de ensueño, tan de la llanura y a recordar esa noche.
En otro orden de cosas ayer fue mi segunda clase del Taller de marcos y regresé a mi casa con un par de marquitos, muy desencuadrados por cierto, pero de cuatro lados al fin... es que otros no llegaron a esa instancia. La próxima meta es lograr prolijidad, y seguro algún que otro martillazo o serruchazo en los dedos. Es precioso este dibujo de Mint, dan ganas de enmarcarlo.