Hay un lugar cercano a esta ciudad y rodeado de agua, donde una vez hubo un tiempo, pero ya no. Un disimulado exclave donde el artículo definido, generalmente en singular, es usado con gran frecuencia: la escuela está a una cuadra de la panadería, que está al lado de la capilla, que esta frente a la cárcel, que esta sobre la calle principal donde pasa el tractor, que llega hasta el puerto donde arriba la embarcación, que trae y lleva, ahora sí diversifiquemos un poco, a varias personas seis días a la semana.Un lugar de casas con amplias galerías que sueñan con niños andando en triciclos, esos de ruedas delanteras grandes y cuadros de hierro pintados de color rojo, azul o negro. Niñas vestidas de puntilloso y límpido sábado, que la soga o el elástico pronto se encargan de ensuciar. Tardes de largas cebadas de mate y siestas al amparo del sol.
Es tan extraño, que las malezas que crecen
en el césped son las flores silvestres más adorables, como si la flora quisiera auto-indemnizarse por la presencia de tantas plantas estranguladoras. Pero me atrevo a pensar que estas flores que colorean todos los fragmentos de verde accesible, no son más que un placebo para distraer a los escasos habitantes y ocultar el poder que este reino tiene sobre la isla. En silencio, de todo se apodera: de la cantera que supo ser fuente de los adoquines que se están llevando de la ciudad; de las casas más alejadas que ya perdieron su turno para soñar; de máquinas y baterías, aquí la apropiación está compartida con telas de arañas; de senderos.
El día en la isla sucede hasta el atardecer, cuando el entero se convierte en una gran silueta estática que solo permite el movimiento de los murciélagos, quienes dañinamente, afilan sus radares contra uno. La luz artificial perdura hasta lograr el sosiego de los habitantes, que siempre se alcanza a la misma hora y los sábados se retrasa un poco más, luego las estrellas y la luna clarean, mientras el resto de las criaturas y el río rompen el silencio, que sabemos desde hace tiempo, no existe.
En algún momento dado y sin muchas explicaciones ni torbellinos, contradiciendo la extraña sensación a la que se llegó al conciliar el sueño, el día vuelve a comenzar.


