La inmediatez, cualidad esquiva de este espacio, pudo ganarle esta vez a la entrada de la ciudad Tsai Ming Liang, que ya lleva casi diez días en un archivo inconcluso y que probablemente siga así, o tome otro rumbo, o reaparezca en la próxima inundación.
Para no contradecir mis costumbres esto llega un poco tarde.
El lunes por la noche la película comenzó, como suele suceder en el piso 10, puntual y con reordenamientos. Los que llegan tarde y atraviesan toda la fila entre los sentados, para ubicarse cuando ya están los títulos; los sentados que exteriorizan su enojo en voz alta, o se levantan, se mueven por la fila y se paran unos segundos delante del tardío ; los otros sentados, no damnificados por los tardíos, pero que exteriorizan su enojo con los que vociferaron antes y retrucan un más fuerte shhhsh; los de las bolsas de nylon; los de la tos seca; los que se enderezan en las butacas provocando un ladeo en cadena, y alternando los lados, de cabezas; los conocidos de siempre.
No entiendo para qué llegó el color al cine, pensé, una vez que se silenció la sala y ya habían pasado unos cuantos fotogramas de “La nostalgia de Veronika Voss” (Die Sehnsucht der Veronika Voss; Alemania Occidental, 1981). Así está mejor. Mientras seguía a la protagonista en ese juego de luz y sombra proyectado por el director, recordé aquello mencionado hace tiempo aquí, las ansias de una vida en blanco y negro. Si, así es mejor, más bello, más puro. Pero Fassbinder no es Truffaut, es más duro, ¿será el lenguaje? Fassbinder es terrible. Los pensamientos ajenos a la trama de la película siguieron por un rato, el periodista y su novia discutían, yo disfrutaba del saber que me gustan esas películas que me permiten pensar en otras situaciones, que aunque aparentemente no tengan relación alguna, son las imágenes de la pantalla las que lo logran. Pero de pronto, no sé que sucedió, estaba metida de lleno en la historia de la película, intrigada, asustada, casi asfixiada, tuve esa sensación de querer salir de ahí, de que termine de una vez toda esa situación. Salí de la sala repasando mis costumbres. Cuando desaté la bicicleta, descubrí la luna enorme, brillando entre nubes tenebrosas. La velocidad de los autos hacia ella, las luces de carteles y semáforos puntuaban con colores el cielo que parecía más oscuro que otras veces. No dejé de mirarla. Al subir por Córdoba quedó a mis espaldas, y la sentía, trataba de apresurarme para escapar y poder tenerla otra vez en la mira. Pedaleé pensando todo esto y muchas otras cosas. Son perfectos los escritos que hago en la bicicleta ¿Qué otra adicción tendré además del mate amargo por la mañana?
Para no contradecir mis costumbres esto llega un poco tarde.
El lunes por la noche la película comenzó, como suele suceder en el piso 10, puntual y con reordenamientos. Los que llegan tarde y atraviesan toda la fila entre los sentados, para ubicarse cuando ya están los títulos; los sentados que exteriorizan su enojo en voz alta, o se levantan, se mueven por la fila y se paran unos segundos delante del tardío ; los otros sentados, no damnificados por los tardíos, pero que exteriorizan su enojo con los que vociferaron antes y retrucan un más fuerte shhhsh; los de las bolsas de nylon; los de la tos seca; los que se enderezan en las butacas provocando un ladeo en cadena, y alternando los lados, de cabezas; los conocidos de siempre.
No entiendo para qué llegó el color al cine, pensé, una vez que se silenció la sala y ya habían pasado unos cuantos fotogramas de “La nostalgia de Veronika Voss” (Die Sehnsucht der Veronika Voss; Alemania Occidental, 1981). Así está mejor. Mientras seguía a la protagonista en ese juego de luz y sombra proyectado por el director, recordé aquello mencionado hace tiempo aquí, las ansias de una vida en blanco y negro. Si, así es mejor, más bello, más puro. Pero Fassbinder no es Truffaut, es más duro, ¿será el lenguaje? Fassbinder es terrible. Los pensamientos ajenos a la trama de la película siguieron por un rato, el periodista y su novia discutían, yo disfrutaba del saber que me gustan esas películas que me permiten pensar en otras situaciones, que aunque aparentemente no tengan relación alguna, son las imágenes de la pantalla las que lo logran. Pero de pronto, no sé que sucedió, estaba metida de lleno en la historia de la película, intrigada, asustada, casi asfixiada, tuve esa sensación de querer salir de ahí, de que termine de una vez toda esa situación. Salí de la sala repasando mis costumbres. Cuando desaté la bicicleta, descubrí la luna enorme, brillando entre nubes tenebrosas. La velocidad de los autos hacia ella, las luces de carteles y semáforos puntuaban con colores el cielo que parecía más oscuro que otras veces. No dejé de mirarla. Al subir por Córdoba quedó a mis espaldas, y la sentía, trataba de apresurarme para escapar y poder tenerla otra vez en la mira. Pedaleé pensando todo esto y muchas otras cosas. Son perfectos los escritos que hago en la bicicleta ¿Qué otra adicción tendré además del mate amargo por la mañana?